El Rosario es instrumento eficáz de evangelización, inspirado por la Santísima Virgen María a Santo Domingo de Guzmán.
"Anda y predica este rosario, enseñando al pueblo la manera de rezarlo"
1º Misterio Doloroso
La oración de Jesús en El Huerto de los Olivos
Jesús nos enseña a orar porque es imprescindible en nuestra vida, por eso dice que debemos “orar siempre sin desfallecer”; así de simple, sin oración no hay vida de fe, porque orar es la manera de hablar y estar con Dios en quien creo. Si no confío en Él, no tengo por qué contarle ni mis problemas ni mis alegrías, ni agradecerle ni alabarle, ni mucho menos tengo que pedirle ayuda, pero debo ponerme en sus manos y amar su voluntad, sólo Dios sabe lo que me conviene.
Jesús se retiraba a orar intensamente y en el Huerto de los Olivos su sufrimiento era tan grande que sudó gotas de sangre y rogó a Dios Padre que le quitara lo que iba a sufrir, pero se entregó a la voluntad de su Padre.
Orar “siempre” es vivir con Dios y ponerte en sus manos sabiendo que Él te inspirará la solución para resolver tus problemas. Orar sin desfallecer es confiar en Él que nunca te desampara pero que quiere purificarte para que realices el gran proyecto de vida que ha preparado para ti.
La falta de fe nos puede llevar a buscar ayuda por caminos equivocados que ofenden a Dios y luego aparecemos como víctimas diciendo que Dios se ha olvidado de nosotros.
Dios siempre nos escucha, pero debemos insistir y perseverar en la oración hasta que nosotros le escuchemos a Él.
La oración es se diálogo con nuestro Padre que nos llena de paz y de esperanza a pesar de las dificultades.
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La oración es, esencialmente experiencia de Dios,que se nos hace asequible, cercano, amigo. Está impregnado, empapado del misterio de la Encarnación.
Porque el VERBO se hizo CARNE y acampó entre nosotros, así podemos acercarnos al Padre y en un mismo Espíritu clamar ¡Abba! Esta inmersión de Dios Trinidad, Dios Comunidad no podemos realizarla sin el apoyo y la ayuda de la fe.
Nuestra experiencia de Dios se realiza en la fe. Pero es una experiencia humana porque se realiza en el hombre concreto, y en el aquí y ahora de cada persona. Dios busca el encuentro en cada persona.
Por eso nos obliga a buscar espacios y tiempos delimitados en nuestra vida para quedarnos a solas con Dios.
La oración que es gracia y no podemos por muchos esfuerzos que hagamos alcanzarla sin el Espíritu Santo, es el que ora en nosotros. El Espíritu Santo es el regalo del Padre y del Hijo hacía nuestra debilidad. Pero debemos suplicarla humildemente. Cuando en nuestros días hablamos de la oración del corazón, debemos dejar que nuestro yo más profundo se abra a la Gracia de Dios para ir conociendo nuestra limitación y pequeñez y su gran ternura y misericordia, llegar a Dios con sencillez y confianza, como somos y sentirnos amados con intensidad, así esta experiencia de Amor concreto a mí, ensancha el corazón a la medida del Corazón de Dios.
Como dominicas ,nuestra experiencia de Dios debe estar marcada por la experiencia de Domingo de Guzmán.
Contemplación de Cristo.
Contemplación de Nuestro Mundo.
Contemplación de Cristo:
Que nos debe llevar a una identificación profunda con El, en la Cruz, en la Eucaristía y en la Palabra.
La Cruz nos abre al misterio del anonadamiento del Verbo, que lleva no sólo a encarnarse, sino a morir por todos. El celo por la salvación de todos los hombres.
Oración – Contemplación dominicanas. De la Contemplación de Jesús crucificado, de la experiencia de misericordia brotaba la súplica continua :”Dios mío, misericordia mía ¿qué será de los pecadores?...” Una misericordia no abstracta, personificada en el cuerpo muerto y roto del Señor. Una oración – contemplación que le impulsaba al deseo de identificación plena con Cristo, a ser también El-nosotros-misericordia y movernos a actuar con compasión, aunque nos lleve a la exigencia fuerte de llegar a entregar la vida por los demás.
También la Eucaristía es lugar de la experiencia de Jesús. Él realizó una escalada descendiente de anonadamiento, Dios se hizo hombre; como hombre, aceptó la muerte más ignominiosa, y para hacer efectiva la Salvación se quedó con nosotros bajo la apariencia de pan.
Si nuestra oración-contemplación no nos lleva a recorrer el mismo camino tendremos que hacer un alto y preguntarnos si buscamos a Dios o nos contentamos con encontrarnos con nosotros mismos.
Se dice de Sto. Domingo N.P. que en la Eucaristía “lloraba copiosamente”¿no sería quizá la experiencia interna de este misterio de despojo y entrega la que hiciera brotar esas lágrimas? …
Y por último escucha asidua de la Palabra de Dios, ”la contemplación genuina es la lectura de la Biblia y el estudio de la verdadera Sabiduría”. Debemos alimentar nuestra oración con la Palabra de Dios; el rezo diario de la liturgia de las horas. Por su finalidad de santificación del día, y por su componente mayoritariamente bíblico –salmos y lecturas-,es el alimento diario de nuestra oración.
Si alimentamos nuestra oración con esta contemplación Cristo víctima, Pan, Palabra, poco a poco, sin darnos cuenta, nuestra vida irradiará Presencia de Dios
La contemplación de nuestro mundo.
En el s XIII un fraile anónimo dominico del convento S. Jacques de París escribía: "Entre las cosas que un hombre debe ver en la contemplación, están las necesidades de su prójimo y también la magnitud de la fragilidad de cada uno de los seres humanos".
La visión de Cristo nos debe llevar necesariamente a la contemplación de nuestro mundo.
Dios se manifiesta a través de nuestra historia. Desde que el Verbo se encarnó en nuestra naturaleza, nada de lo humano nos es ajeno, pues nuestra historia, nuestra vida, y todo acontecer, está preñado de la Presencia de Dios. Tenemos que acostumbrarnos a:
Ver a Dios en los acontecimientos y personas.
Ver los acontecimientos y personas desde los ojos de Dios.
Ver los acontecimientos y personas
Se ha gustado decir la frase: “Contemplación de la calle”, o sea contemplar a Dios desde el corazón de nuestra historia, tanto en el acontecer doloroso o sufriente, como en los gozos y esperanzas de nuestra Humanidad. Y aquí radica la espiritualidad dominicana de la Encarnación.
Debemos pues intentar ver todo con la mirada de Dios, como Cristo contemplaba a sus contemporáneos y “sentía lástima” de ellos porque andaban como “ovejas sin pastor”. Mantener la mirada atenta, intentando descubrir no el “POR QUÉ”sino el “ PARA QUÉ” de las cosas y escudriñar el misterio que encierra y que va atrayendo a nuestra Humanidad hacía Dios.
En esta “contemplación de la calle” nos puede ser de una ayuda inestimable el rezo del Rosario… A través de él vamos desgranando los misterios de nuestra salvación, realizada por Cristo. Pero esa salvación debemos hacerla actual en nuestro hoy concreto. Los misterios, guiados por la mano y el corazón de la Madre, presentamos un día y otro al Señor .
Ver los acontecimientos y personas desde los ojos de Dios.
Para que esto sea así, es preciso tener el mismo corazón de Dios- como tenía Catalina de Siena- escucharle a El e intentar ver los acontecimientos desde Su misericordia y compasión.
La compasión, es uno de los rasgos más característicos de Nuestro Padre Sto. Domingo, que hoy más que nunca necesita nuestro angustiado mundo que no sabe hacía donde va.
Padecer “con”, hacernos uno, primeramente con Cristo y después con el que padece para unirle a El. ”Ver las necesidades de nuestro prójimo y la magnitud de nuestra fragilidad, esto es lo que nos acerca a nuestros hermanos, en pobreza, desprendimiento y hace que nuestra compasión no sea una estéril ayuda, sino un acontecimiento de Dios al corazón del hermano necesitado.
Nuestra contemplación tiene que ser y hacernos transparencia nítida y fuente de ternura y Amor de Dios. Nuestra vida, nuestra fe, nuestro mundo y su historia encuentran aquí su equilibrio.
Somos llamados a ser presencia de Dios, y esto sólo es posible si nuestra oración es contacto vital ardiente con El en la oración-contemplación .
Sólo hay una cosa importante y verdadera, entregarme a Dios.
La Cuaresma es un tiempo durante el cual podemos descubrir de nuevo la oración. Es la ocasión de tomar nuestro rosario para meditar con María los misterios de la vida del Señor.
Podríamos pensar que la Cuaresma es el período del año litúrgico que se acuerda bien con los misterios dolorosos del Rosario. En efecto, es lo primero que se nos ocurre espontáneamente. La meditación de estos misterios será la ocasión de unirnos a los que sufren en sus cuerpos y en sus corazones, de rezar por aquellos que son perseguidos por la justicia, a causa de su adhesión a Cristo. Y no podemos dejar de pensar en nuestros hermanos cristianos acosados y asesinados a causa de su fe en Nigeria, en el Próximo y Medio Oriente, en la India y en otros muchos lugares...
La Cuaresma nos permitirá no olvidar a aquellos que intentan aliviar el sufrimiento de los enfermos, a los que acompañan a los agonizantes o que luchan contra todas las injusticias. ¡Son los Cirineos que ayudan a llevar tantas cruces!
La Cuaresma, por fin, nos dará la ocasión, ahora y como siempre, de dar gracias al Señor que nos ha amado hasta morir en una cruz para salvarnos.
Pero no vayamos a pensar que la Cuaresma se acuerda solamente con los misterios dolorosos.
La liturgia nos lo recuerda puesto que haremos memoria, a lo menos en marzo, de la Anunciación del Señor, el primero de los misterios gozosos.
Durante la Semana Santa, celebraremos la Institución de la Eucaristía, un misterio luminoso.
Por fin no olvidemos que la Resurrección, misterio glorioso, ha sido anunciada por Cristo a sus discípulos. ¡Jesús va a dar su vida para vencer la muerte! Va a sufrir y morir, ¡El que es la Resurrección y la Vida!
¡Durante esta Cuaresma, con nuestro Rosario -todo el Rosario-, tomemos decididamente el camino de Jerusalén!
Fr. Louis-Marie ARIÑO-DURAND, o.p. Promotor General del Rosario
La parábola evangélica de la viuda y el juez injusto ( Lc 18,1-8) contiene una enseñanza importante: "es necesario orar siempre sin desanimarse". Por lo tanto, no se trata de orar algunas veces, cuando tengo ganas. No, Jesús dice que se necesita "orar siempre sin desanimarse". Y pone el ejemplo de la viuda y el juez.
El juez es un personaje poderoso, llamado a emitir sentencias basándose en la Ley de Moisés. Por esto la tradición bíblica exhortaba que los jueces sean personas timoratas de Dios, dignas de fe, imparciales e incorruptibles.
Perversos vs. débiles
Nos hará bien escuchar esto también hoy, ¡eh! Al contrario, este juez no temía a Dios ni le importaban los hombres. Era un juez perverso, sin escrúpulos, que no tenía en cuenta a la Ley pero hacia lo que quería, según sus intereses. A él se dirige una viuda para obtener justicia. Las viudas, junto a los huérfanos y a los extranjeros, eran las categorías más débiles de la sociedad. Sus derechos tutelados por la Ley podían ser pisoteados con facilidad porque, siendo personas solas e indefensas, difícilmente podían hacerse valer: una pobre viuda, ahí, sola, nadie la defiende, podían ignorarla, incluso no hacerle justicia; así también el huérfano, así el extranjero, el migrante. ¡Lo mismo!
En aquel tiempo era muy fuerte esto. Ante la indiferencia del juez, la viuda recurre a su única arma: continuar insistentemente en fastidiarlo presentándole su pedido de justicia. Y justamente con esta perseverancia alcanza su objetivo. El juez, de hecho, en cierto momento la compensa, no porque es movido por la misericordia, ni porque la conciencia se lo impone; simplemente admite: "Pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme"
El Padre siempre hace justicia a los suyos
De esta parábola Jesús saca una doble conclusión: si la viuda ha logrado convencer al juez deshonesto con sus pedidos insistentes, cuanto más Dios, que es Padre bueno y justo, hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche; y además no «es hará esperar por mucho tiempo, sino actuará rápidamente
Por esto, Jesús exhorta a orar sin desfallecer. Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez injusto, que Dios escucha rápidamente a sus hijos, aunque si esto no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos.
La oración no es una varita mágica
¡La oración no es una varita mágica! ¡No es una varita mágica! Ésta nos ayuda a conservar la fe en Dios y a confiar en Él incluso cuando no comprendemos su voluntad. En esto, Jesús mismo – ¡que oraba tanto! – nos da el ejemplo.
La Carta a los Hebreos recuerda que:
"Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión" (5,7).
A primera vista esta afirmación parece inverosímil, porque Jesús ha muerto en la cruz. No obstante la Carta a los Hebreos no se equivoca: Dios de verdad ha salvado a Jesús de la muerte dándole sobre ella la completa victoria, pero ¡el camino recorrido para obtenerla ha pasado a través de la misma muerte!
La oración transforma el deseo
La referencia a la súplica que Dios ha escuchado se refiere a la oración de Jesús en el Getsemaní. Invadido por la angustia oprimente, Jesús pide al Padre que lo libere del cáliz amargo de la pasión, pero su oración esta empapada de la confianza en el Padre y se encomienda sin reservas a su voluntad: «Pero – dice Jesús – no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39).
El objeto de la oración pasa a un segundo plano; lo que importa antes de nada es la relación con el Padre. Es esto lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, cualquiera que esa sea, porque quien ora aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor misericordioso.
Nunca desistir en la oración
La parábola termina con una pregunta: "Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?". Y con esta pregunta estamos todos advertidos: no debemos desistir en la oración aunque no sea correspondida. ¡Es la oración que conserva la fe, sin ella la fe vacila!
Pidamos al Señor una fe que se haga oración incesante, perseverante, como aquella de la viuda de la parábola, una fe que se nutre del deseo de su llegada. Y en la oración experimentamos la compasión de Dios, que como un Padre va al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso. ¡Gracias!
- Papa Francisco Catequesis, Audiencia General, 25 de mayo de 2016
La vida de fray Angélico, nacido en torno al año 1400 cerca de Vicchio, en Mugello (Toscana italiana), se desenvuelve en dos ambientes distintos y complementarios: el conventual y el artístico. Resumimos brevemente ambos, encuadrándolos dentro de un marco histórico-biográfico.
Carecemos de documentación sobre sus primeros años y su entorno familiar, y son escasas las noticias que pueden ofrecerse de su primera formación humana, religiosa y artística. En torno a 1417 se adiestra en talleres de Florencia como miniaturista y pintor, y se incorpora como un miembro más a la «Compañía de San Nicolás» en la Iglesia del Carmen.
Atraído por la predicación del beato Juan Dominici, ingresa en 1420 —junto con su hermano Benedetto— en la Orden dominicana, en el nuevo convento de Santo Domingo, Fiésole, en la periferia de Florencia. Se somete a la vida de observancia regular en ese convento reformado por el beato Dominici, que enarbola el humanismo cristiano frente a la cultura paganizante del renacimiento florentino. Al ser recibido a la profesión religiosa, Guido cambia su nombre por el de Fra Giovanni di san Domenico, e inicia su carrera sacerdotal. Alterna la vida de observancia regular y de estudio con su innata vocación artística, y crea el taller y estudio de arte. Durante este período fiesolano (1425-1438) pinta las tablas de la «Anunciación» (Museo del Prado) y la «Coronación» (Museo de Louvre) para los altares laterales de la iglesia del convento; minia, junto con su hermano Benedetto, los Libros Corales (Museo de San Marcos); recibe ofertas para pintar tablas destinadas a organismos e iglesias florentinas y a la iglesia-convento de santo Domingo de Cortona.
Se incorpora a la nueva comunidad dominicana de San Marcos de Florencia. Su prior y maestro es San Antonino de Florencia, insigne moralista y profesor, cuya Suma de Moral le brinda el marco doctrinal (junto a la Suma de Santo Tomás) de su magisterio teológico-artístico. En este segundo período florentino (hasta 1445) sus obras se multiplican; es el más fecundo. Lleva a cabo la ejecución de los célebres frescos del «Claustro», «Sala Capitular», «Pasillos» y «Celdas» de San Marcos, alternando el oficio de pintor con el de administrador del convento.
Comienza su período artístico en Roma en 1445. El Papa Eugenio IV lo llama para que se haga cargo de la decoración muralista de la Capilla, hoy desaparecida, del Smo. Sacramento en la basílica de San Pedro. Es la fecha en que, vacante la sede de Florencia, le proponen nombrarle arzobispo, cargo que declina a favor de su prior San Antonino. Interrumpe su estancia en Roma y comienza en verano los frescos que decoran la «Capilla de San Brizio» en la catedral de Orvieto (1447). Y después vuelve a continuar los frescos del estudio del Papa Nicolás V, conocido por «Capilla Nicolina», con el tema de San Esteban y San Lorenzo, obra que finalizaría en 1449.
Con motivo de la muerte de su hermano Benedetto, regresa a Fiésole y lo eligen prior del convento en 1450. Allí no acepta ya nuevos encargos, como el de afrescar la catedral de Prato. Tres años después regresa de nuevo a Roma, al convento de Minerva, llamado por el cardenal Torquemada para decorar el claustro. En ese convento fallece el 18 de febrero de 1455. Su cuerpo fue inhumado en la nave izquierda, junto al presbiterio. Una remodelación moderna, a modo de «Capilla del Beato Angélico», acoge la austera lápida de mármol blanco en que se talló su efigie-retrato y una inscripción de caracteres góticos que reza así: Aquí yace el venerable pintor fray Juan de Florencia de la Orden de Predicadores, 1455.
Reflexiones sobre su pintura: objetivos y constantes estéticas
Ideal de belleza a lo divino
Contrariamente a la temática de sus colegas que estaban afanosamente ocupados en idolatrar al hom
bre, entreteniéndose en la faceta humana, en llegar a la perfección del «natural», a través de la anatomía física del cuerpo y la presentación del «desnudo» como ideal de belleza del Renacimiento, el Angélico enfoca sus conquistas estéticas desde el ángulo del hombre, desde su interioridad, buscando en él el reflejo divino, empeñándose en escudriñar sus sentimientos espirituales, dando así vida a un tipo de «hombre-modelo», que acaso rara vez se encuentra en las condiciones de la vida terrena, pero que debe proponerse a la imitación del pueblo cristiano (Pío XII).
Dos cosas faltan en el Angélico, comenta el P. Sertillanges; «el estudio de la antigüedad pagana y el estudio de la anatomía». La primera creo que no es cierta; en cambio sí la segunda, si se trata del estudio y examen del «desnudo natural». Sólo habría que suponerlo en el período de aprendizaje, no dentro del convento observante. Prefiere seguir la tradición de sus maestros toscanos de envolver castamente el cuerpo, especialmente el desnudo femenino, en amplios ropajes y telas estampadas, que dieran ocasión para jugar con la soltura y caída de los pliegues entubados, ocultando de esta manera las formas anatómicas.
Con su vida, fray Angélico se opone ya de principio a los planteamientos de su contemporáneos que halagan con la belleza anatómica de las formas humanas, con mezcla de frivolidad y a veces de atrevida sensualidad. Se comprende que «tal hombre, como puntualiza Hipólito Taine, no estudiase nada de anatomía ni el modelo contemporáneo». Escorando premeditadamente el análisis del natural anatómico, intenta por otras vías estilísticas profundizar en la vida interior del hombre, retratando el alma por dentro, más que el cuerpo humano por fuera. A pesar de todo, trata el cuerpo humano con elegancia y con dignidad, especialmente en la figura divina de Cristo Crucificado. La serenidad y majestad que sus pinceles imprimieron en su cuerpo desnudo supieron poner el toque preciso y hasta anatómico del artista santo. En la Lamentación sobre el Cristo muerto resalta la noble dignidad de un cuerpo anatómicamente muerto, donde la horizontalidad de sus formas pálidas contrasta con la verticalidad de los santos emplazados en su entorno. Una vez más el Angélico utiliza el tema no como una narración histórica sino como símbolo redentor de un Dios sacrificado en medio de los hombres para su salvación.
Predicación por la imagen
En su personal tratamiento de los temas y protagonistas descuella su profunda religiosidad. La pertenencia a la Orden Dominicana, iniciada y continuada en conventos de rigurosa observancia, motivaron seguramente su iconografía. Los juicios críticos sobre su obra apuntan en esta línea. Su Santidad Pío XII, en la apertura de la Exposición del Angélico, se expresó en estos términos: «Mas esto no significa que su profunda religiosidad, su ascesis, alimentada con virtudes sólidas, con plegaria y contemplaciones, no haya producido en él un influjo determinado en orden a dar a la expresión artística ese poder de lenguaje con que llega directamente a los espíritus y, como se ha dicho muchas veces, el poder de transformar en oración su arte».
Su aportación pictórica, a pesar de las connotaciones con otros maestros, se define por su personalidad religiosa, por su lirismo teológico transcendente, y por la carga espiritual que inyecta a sus protagonistas. Su lenguaje plástico contiene un proceso de maduración asequible al pueblo cristiano, pues todo lo narra con sencillez y trasparencia evangélicas. Su producción artística, en los diversos períodos de su vida, está marcada por esta dimensión didáctico-religiosa.
Sus composiciones sacras (cristológicas, mariológicas, angélicas, santorales y dominicanas) destacan por una rigurosa técnica artística, no exenta de anomalías típicas de los primitivos italianos, y por el toque de gracia de la luz y luminosidad de sus figuras. Son escenas que presentan una concepción unitaria, presidida por mesurado equilibrio en que los santos que la interpretan no se exhiben sino que asisten calladamente, sin pronunciar palabra que altere la serenidad del misterio del que todos son partícipes (Coronación de la Virgen, en San Marcos, celda n. 9; Crucifixión, en la Sala Capitular). A veces los santos comentan en silencio, o se miran con serena piedad para no turbar el orden y ritmo de la escena (Coronación del Louvre, Sagrada Conversación, Retablo de la SS. Trinidad, Descendimiento de la Cruz, Retablo de Bosco al Fratt). Sus personajes no se agitan exteriormente; están quietamente dominados por su calina interna; a lo sumo gesticulan con mesura sus manos ante la tragedia que presencian. En los rostros de todos los personajes se trasluce la paz interior de sus almas; y en la compostura externa se les aprecia tranquilidad anímica, fruto espiritual de la posesión de la «gratia Christi» en unos y de la «gloria Dei» en otros.
Dentro de este lirismo poético-religioso no caben emociones dramáticas, expresiones amargas, estados emocionales perturbados, estridencias psicológicas, exaltaciones desorbitadas, excitaciones pasionales: lo que predomina es la bonanza espiritual originada por una intensa vida interior.
En las composiciones de carácter sacrificial o martirial (Crucifixiones, Martirios) impone al lenguaje plástico su método adecuado. El drama de la Crucifixión se comunica a los asistentes, que lo evidencian en una emoción contenida, y lo superan asumiendo el dolor como realidad humana, sin gesticulaciones grandilocuentes a lo Giotto, con aceptación resignada de algo que era necesario a consecuencia del pecado del hombre, y dispuesto por voluntad divina al aceptar el acto sacrificial de Cristo redentor en la Cruz. Las posturas, ademanes y gestos de los participantes exteriorizan la aceptación de ese plan divino.
(Fuente: Domingo ITURGAIZ, Beato Angélico. Patrono espiritual de los artistas, en "Retablo de Artistas", Caleruega 1987)